Érase una vez un obispo y un buzo

Érase una vez un obispo que quiso hacer la catedral gótica más larga del mundo. Él no merecía menos y quería tener una noble sepultura.

Pidió permiso al rey Guillermo para poder utilizar la madera de una selva real cercana, y el monarca se lo concedió: podría coger toda la que pudiera en 4 días.

El obispo reclutó a cientos de hombres que la deforestaron por completo. Eligió un bonito paraje junto a un río y con esa madera de la selva real estabilizaría el terreno y sobre él levantaría los muros de piedra caliza. Aunque a medio terminar, consiguió inaugurar su gran obra a tiempo y enterrarse en ella, como él quería.

 

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Pero ese terreno pantanoso iba cediendo bajo el peso de los muros, ocasionando grietas, desprendimientos y el desplome de la torre central. 
A lo largo de los siglos, numerosos arquitectos intentaron estabilizar esos cimientos con distintas técnicas sin ningún éxito. Su cripta era un pantano.

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William Walker era un buzo de los de escafandra (y sin neopreno) que decidió que él era capaz de actuar en aquella ciénaga, y meterse debajo de esa zona pantanosa y parar el hundimiento de los pesados muros. Él solo estabilizó todo el edificio, con 25.000 sacos de cemento, 115.000 bloques de hormigón y 900.000 ladrillos, que fue colocando en jornadas de 6 horas durante 5 años. Descansaba el fin de semana, que aprovechaba para coger su bici y hacer 240 km hasta el municipio de Croydon.

Murió 7 años después de acabar su gesta, en 1918, víctima de la gripe española.

La Catedral de Winchester, ‪es no de los mejores ejemplos del gótico ‪‬perpendicular.

Alberto Cubo.

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